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¿Qué es la terapia inmunomoduladora?

Un inmunomodulador o inmunosupresor es un medicamento que bloquea algunas funciones del sistema de defensa del cuerpo humano y, por tanto, se administra para regular la respuesta inmunológica del paciente.

¿Cuándo está indicado este tratamiento?

Los inmunomoduladores se utilizan para prevenir el rechazo de un órgano trasplantado o para el tratamiento de enfermedades de origen autoinmune como las vasculitis, artritis reumatoide, enfermedad inflamatoria intestinal, psoriasis o lupus, entre muchas otras.A nivel oftalmológico, pueden ser de utilidad para los pacientes con trasplante de córnea para evitar su rechazo, en las enfermedades inflamatorias oculares asociadas a enfermedades autoinmunes o en las uveítis crónicas o recurrentes no infecciosas, para evitar reactivaciones y disminuir al mínimo la necesidad de corticoides y sus efectos indeseados.

El objetivo final es preservar la integridad de las estructuras oculares necesarias para una buena función visual.

¿Cómo se realiza?

Los inmunosupresores clásicos o convencionales, como pueden ser la azatioprina, el metotrexato, la ciclosporina o el micofenolato de mofetilo, generalmente son administrados por vía oral, aunque alguno de ellos, como el metotrexato, puede también administrarse por vía subcutánea (inyección bajo la piel).

Otros inmunomoduladores de más reciente aparición son los llamados fármacos biológicos y consisten en anticuerpos específicos dirigidos a neutralizar sustancias de nuestro cuerpo que provocan inflamación. Estos producen, por tanto, una inmunomodulación más “selectiva”. Son administrados por vía endovenosa o subcutánea y algunos de los más utilizados en oftalmología son el adalimumab y el infliximab.

Los fármacos inmunomoduladores pueden administrarse aislados o en combinación unos con otros. La dosis administrada será determinada por el especialista en función del peso del paciente, de la respuesta al tratamiento y de otros factores específicos de cada fármaco.

Una vez estimada la cantidad de fármaco necesaria y específica para cada paciente, puede ser necesario en algunos casos, realizar un análisis de sangre para comprobar que la dosis es la correcta o para ajustarla en caso de que fuera necesario.

Resultados

Con las pautas actuales de la terapia inmunomoduladora se ha mejorado de forma muy notable el control de las enfermedades inflamatorias oculares, disminuyéndose los brotes y reduciéndose la necesidad de corticoides a largo plazo y, con ello, los efectos secundarios de ellos derivados.

De esta forma y al evitarse el daño progresivo de las estructuras intraoculares en casos de inflamaciones de larga duración, el pronóstico visual ha mejorado notablemente.

Posibles riesgos

Estos medicamentos no están exentos de efectos secundarios y, por ello, su uso debe estar asociado a una monitorización estrecha por parte de un equipo multidisciplinar, con realización de analíticas de sangre periódicas y controles con el reumatólogo/internista durante el seguimiento.

Debido a que la mayoría de ellos no actúan de modo selectivo, el sistema inmunitario puede perder la capacidad de resistir a infecciones existiendo un incremento del riesgo, siendo la mayoría leves. Por ello, antes de iniciar el tratamiento con inmunosupresores se recomienda actualizar el calendario vacunal.

Además, según el fármaco utilizado, se pueden producir efectos secundarios como intolerancia digestiva (malestar abdominal, náuseas, vómitos, diarrea…), hipertensión arterial, toxicidad en el hígado o riñón, hirsutismo (desarrollo excesivo de vello corporal en la mujer), etc.

Profesionales que realizan este tratamiento

Preguntas frecuentes

  • Lo ideal es actualizar el calendario vacunal al menos 4 semanas antes del inicio del tratamiento inmunomodulador. Si durante el tratamiento fuese necesario administrar alguna vacuna, se debe tener en cuenta lo siguiente:

    • Las vacunas vivas atenuadas están contraindicadas en estos pacientes por el riesgo de contraer la enfermedad. Estas incluyen la vacuna de la triple vírica, la de la varicela y la antipoliomielitis oral, entre otras. Para administrar estas vacunas se requiere que haya transcurrido un mínimo de 3 meses desde la finalización del tratamiento.
    • Las vacunas inactivadas (hepatitis A y B, antitetánica, antigripal, neumococo, etc.) se pueden administrar de forma segura aunque la respuesta inmune alcanzada puede ser menor que en personas sanas. Por ello, es preferible administrarlas antes del inicio de la inmunosupresión para garantizar una mejor respuesta inmune.
  • Los fármacos inmunomoduladores pueden tardar varias semanas en alcanzar su máxima eficacia. Según el fármaco utilizado, este tiempo será mayor o menor, pero en general no resultan de utilidad para tratar un brote agudo de inflamación sino para el control de la enfermedad a largo plazo.